A la mañana siguiente, cuando todos habían entrado en clase, Don Floripondio les tenía preparado, la silueta de un árbol grande extendido en el suelo.
Tenía un tronco fuerte y sólido, capaz de aguantar los fuertes vientos del otoño y unas ramas resistentes para mantener la fruta.
Había que darle color y posteriormente decorarle.
Don Floripondio quería para la clase un árbol del otoño con vida.
Un árbol que conservara todavía las hojas verdes del final del verano, mezcladas con otras de color amarillo y que colgaran de sus ramas la fruta sabrosa de finales de octubre.
- Mirad, dijo, dirigiéndose a toda la clase y señalando las ceras que estaban en la estantería:
Un grupo pintará el tronco y las ramas, con el color marrón, verde y azul.
Otro grupo hará la fruta con el rojo, el naranja y el amarillo
- ¿Y las hojas?, preguntó Teresa.
- Las hojas las pintará también el grupo de las frutas, contestó Don Floripondio, al darse cuenta que le quedaban muy pocos en clase para recortar la fruta y las hojas.
No es necesario que corráis, les había dicho al verlos tan entusiasmados.
Ya sabéis aquello de... “Poco y bien hecho, mejor que mucho y mal hecho”.
Don Floripondio contemplaba de pie el trabajo de sus alumnos.
Sentados en la alfombra, trabajaban afanosos y entusiasmados, dando colores, desde el tronco hasta la última rama.
Después de las ceras, llegaron las tijeras.
Recortaron los bordes del tronco, las ramas y los tallos.
Pegaron entre sus ramas, las manzanas y las hojas que habían coloreado.
Levantarlo, fue todo un éxito, porque medía casi dos metros.
Después de varios intentos y muchas ayudas, el árbol se mostró ante toda la clase, fuerte y bonito.
Un gesto de admiración se dejó ver en las caras de los niños y las niñas.
- Está muy bien, dijo Don Floripondio, orgulloso de sus alumnos.
Habéis hecho una obra de artistas.
Toda la clase se rió, satisfechos de lo que les había dicho.
Ellos también disfrutaban con su obra, pero seguían atentos a Don Floripondio que pensativo, miraba la pared.
- El trabajo no ha terminado del todo, dijo después de un rato de silencio.
Todos quedaron extrañados.
- Faltan pequeños detalles, dijo sonriendo a sus alumnos.
- ¿Qué son detalles?, preguntó Alex, en voz baja, a su compañera.
- No lo sé, dijo Teresa. Pero debe ser algo de poca importancia.
- ¿Por qué dices eso? insistió Alex.
Teresa no contestó y miró a D. Floripondio que caminando despacio, se acercaba al árbol.
- ¿No os parece, que el árbol tan precioso que habéis decorado está un poco solitario?
Los detalles de los que yo os he hablado son muy sencillos.
- ¡Mira!, dijo Alex a su compañera. Los detalles, son algo sencillo, no de poca importancia como tú decías.
- Es casi lo mismo, dijo Teresa, sin querer dar la razón
- ¡Bueno!, asintió Alex.
- Pues “bueno”, contestó Teresa.
Las dos se callaron cuando la voz de D. Floripondio se oyó de nuevo.
- ¡Mirad!, siguió comentando Don Floripondio.
Arriba, a la derecha, por encima de la última rama, colocaremos dos nubes de las que caerán gotitas de agua.

Debajo varios paraguas y, alrededor del tronco, niños y niñas jugando con chubasqueros.
Arriba también, un sol, casi tapado y un arco iris oculto entre nubes y gotas de agua.
Todos trabajaron en lo que Don Floripondio les habí
a dicho y, al final, de nuevo les felicitó.
Tenía un tronco fuerte y sólido, capaz de aguantar los fuertes vientos del otoño y unas ramas resistentes para mantener la fruta.
Había que darle color y posteriormente decorarle.
Don Floripondio quería para la clase un árbol del otoño con vida.
Un árbol que conservara todavía las hojas verdes del final del verano, mezcladas con otras de color amarillo y que colgaran de sus ramas la fruta sabrosa de finales de octubre.
- Mirad, dijo, dirigiéndose a toda la clase y señalando las ceras que estaban en la estantería:
Un grupo pintará el tronco y las ramas, con el color marrón, verde y azul.
Otro grupo hará la fruta con el rojo, el naranja y el amarillo
- ¿Y las hojas?, preguntó Teresa.
- Las hojas las pintará también el grupo de las frutas, contestó Don Floripondio, al darse cuenta que le quedaban muy pocos en clase para recortar la fruta y las hojas.
No es necesario que corráis, les había dicho al verlos tan entusiasmados.
Ya sabéis aquello de... “Poco y bien hecho, mejor que mucho y mal hecho”.
Don Floripondio contemplaba de pie el trabajo de sus alumnos.
Sentados en la alfombra, trabajaban afanosos y entusiasmados, dando colores, desde el tronco hasta la última rama.
Después de las ceras, llegaron las tijeras.
Recortaron los bordes del tronco, las ramas y los tallos.
Pegaron entre sus ramas, las manzanas y las hojas que habían coloreado.
Levantarlo, fue todo un éxito, porque medía casi dos metros.
Después de varios intentos y muchas ayudas, el árbol se mostró ante toda la clase, fuerte y bonito.
Un gesto de admiración se dejó ver en las caras de los niños y las niñas.- Está muy bien, dijo Don Floripondio, orgulloso de sus alumnos.
Habéis hecho una obra de artistas.
Toda la clase se rió, satisfechos de lo que les había dicho.
Ellos también disfrutaban con su obra, pero seguían atentos a Don Floripondio que pensativo, miraba la pared.
- El trabajo no ha terminado del todo, dijo después de un rato de silencio.
Todos quedaron extrañados.
- Faltan pequeños detalles, dijo sonriendo a sus alumnos.
- ¿Qué son detalles?, preguntó Alex, en voz baja, a su compañera.
- No lo sé, dijo Teresa. Pero debe ser algo de poca importancia.
- ¿Por qué dices eso? insistió Alex.
Teresa no contestó y miró a D. Floripondio que caminando despacio, se acercaba al árbol.
- ¿No os parece, que el árbol tan precioso que habéis decorado está un poco solitario?
Los detalles de los que yo os he hablado son muy sencillos.
- ¡Mira!, dijo Alex a su compañera. Los detalles, son algo sencillo, no de poca importancia como tú decías.
- Es casi lo mismo, dijo Teresa, sin querer dar la razón
- ¡Bueno!, asintió Alex.
- Pues “bueno”, contestó Teresa.
Las dos se callaron cuando la voz de D. Floripondio se oyó de nuevo.
- ¡Mirad!, siguió comentando Don Floripondio.
Arriba, a la derecha, por encima de la última rama, colocaremos dos nubes de las que caerán gotitas de agua.

Debajo varios paraguas y, alrededor del tronco, niños y niñas jugando con chubasqueros.
Arriba también, un sol, casi tapado y un arco iris oculto entre nubes y gotas de agua.
Todos trabajaron en lo que Don Floripondio les habí
a dicho y, al final, de nuevo les felicitó.- Con unas pequeñas nubes, cuatro gotas de agua y un sencillo arco iris, habéis hecho una obra de arte.
Os felicito
