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EL ÁRBOL MÁGICO DE DON FLORIPONDIO

viernes, 23 de marzo de 2007

CAPÍTULO III EL ÁRBOL DEL OTOÑO

A la mañana siguiente, cuando todos habían entrado en clase, Don Floripondio les tenía preparado, la silueta de un árbol grande extendido en el suelo.

Tenía un tronco fuerte y sólido, capaz de aguantar los fuertes vientos del otoño y unas ramas resistentes para mantener la fruta.

Había que darle color y posteriormente decorarle.
Don Floripondio quería para la clase un árbol del otoño con vida.
Un árbol que conservara todavía las hojas verdes del final del verano, mezcladas con otras de color amarillo y que colgaran de sus ramas la fruta sabrosa de finales de octubre.

- Mirad, dijo, dirigiéndose a toda la clase y señalando las ceras que estaban en la estantería:
Un grupo pintará el tronco y las ramas, con el color marrón, verde y azul.
Otro grupo hará la fruta con el rojo, el naranja y el amarillo
- ¿Y las hojas?, preguntó Teresa.
- Las hojas las pintará también el grupo de las frutas, contestó Don Floripondio, al darse cuenta que le quedaban muy pocos en clase para recortar la fruta y las hojas.

No es necesario que corráis, les había dicho al verlos tan entusiasmados.
Ya sabéis aquello de... “Poco y bien hecho, mejor que mucho y mal hecho”.

Don Floripondio contemplaba de pie el trabajo de sus alumnos.
Sentados en la alfombra, trabajaban afanosos y entusiasmados, dando colores, desde el tronco hasta la última rama.
Después de las ceras, llegaron las tijeras.
Recortaron los bordes del tronco, las ramas y los tallos.
Pegaron entre sus ramas, las manzanas y las hojas que habían coloreado.
Levantarlo, fue todo un éxito, porque medía casi dos metros.
Después de varios intentos y muchas ayudas, el árbol se mostró ante toda la clase, fuerte y bonito.

Un gesto de admiración se dejó ver en las caras de los niños y las niñas.

- Está muy bien, dijo Don Floripondio, orgulloso de sus alumnos.
Habéis hecho una obra de artistas.
Toda la clase se rió, satisfechos de lo que les había dicho.
Ellos también disfrutaban con su obra, pero seguían atentos a Don Floripondio que pensativo, miraba la pared.

- El trabajo no ha terminado del todo, dijo después de un rato de silencio.

Todos quedaron extrañados.

- Faltan pequeños detalles, dijo sonriendo a sus alumnos.
- ¿Qué son detalles?, preguntó Alex, en voz baja, a su compañera.
- No lo sé, dijo Teresa. Pero debe ser algo de poca importancia.
- ¿Por qué dices eso? insistió Alex.
Teresa no contestó y miró a D. Floripondio que caminando despacio, se acercaba al árbol.

- ¿No os parece, que el árbol tan precioso que habéis decorado está un poco solitario?
Los detalles de los que yo os he hablado son muy sencillos.
- ¡Mira!, dijo Alex a su compañera. Los detalles, son algo sencillo, no de poca importancia como tú decías.
- Es casi lo mismo, dijo Teresa, sin querer dar la razón
- ¡Bueno!, asintió Alex.
- Pues “bueno”, contestó Teresa.

Las dos se callaron cuando la voz de D. Floripondio se oyó de nuevo.

- ¡Mirad!, siguió comentando Don Floripondio.

Arriba, a la derecha, por encima de la última rama, colocaremos dos nubes de las que caerán gotitas de agua.



Debajo varios paraguas y, alrededor del tronco, niños y niñas jugando con chubasqueros.
Arriba también, un sol, casi tapado y un arco iris oculto entre nubes y gotas de agua.
Todos trabajaron en lo que Don Floripondio les habí
a dicho y, al final, de nuevo les felicitó.

- Con unas pequeñas nubes, cuatro gotas de agua y un sencillo arco iris, habéis hecho una obra de arte.
Os felicito

miércoles, 21 de marzo de 2007

CAPÍTULO II: EL PRIMER DÍA DE CLASE

Por fin llegó el primer día de clase.
Atrás habían dejado el verano y con él las vacaciones.
Ahora, todos se preparaban para comenzar el nuevo curso.
Todos llegaban con la piel más morena, el rostro lleno de ilusión y el ánimo repleto de entusiasmo.

Don Floripondio había pasado el mes de agosto fuera del pueblo, por eso su primer saludo, cuando todos estuvieron sentados en sus mesas, estuvo acompañado de una pregunta.

- ¿Qué tal las vacaciones?

Cada uno fue respondiendo y, poco a poco, fueron participando todos.
Unos, simplemente lo habían pasado muy bien, otros contaron los más mínimos detalles y algunos hasta mezclaron cosas del verano pasado.

La primera mañana se limitó prácticamente a esto y poco más.
Antes del recreo, Don Floripondio les dijo que, como todos los años, harían una actividad artística, propia del Otoño.

- Se trata, explicó Don Floripondio, de decorar un gran árbol como símbolo de la estación del Otoño que comenzaremos dentro de unos días.
Le llamaremos “El árbol del otoño” y en él participaremos todos.

- ¿Y será muy alto?, preguntó Ana, al ver los gestos de Don Floripondio cuando lo explicaba.
- Bueno, más alto que vosotros, seguro. Ahora, si me preguntas cuánto, yo creo que haremos un árbol el doble que tú.
- ¡Uy!, exclamaron algunos de la clase.
- ¿Y tendrá muchas ramas?
- ¿Y le pondremos hojas?
- ¿Y le pintaremos fruta?

- ¡Mirad!, respondió Don Floripondio a todas las preguntas.
Se trata de un árbol, muy grande y, ¡claro que tendrá ramas!
¿Habéis visto alguna vez un árbol sin ramas?
Y, ¡claro que tendrá fruta!
Serán manzanas o peras, pero... mañana ya os lo explicaré.
Ahora a recreo.
Seguro que mañana se os quitarán, las dudas.
¡Vamos! ¡A jugar!, les invitó Don Floripondio, mientras abría la puerta de clase
.

Cuando volvieron del recreo, encontraron a Don Floripondio sentado en la mesa.
En su cuaderno de apuntes había dibujado varios árboles.

Unos sin hojas y muchas ramas.
Otros con hojas y manzanas colgando de sus ramas y otros, finalmente, sólo con ramas y alguna hoja caída en el suelo.
Eran distintas formas de árboles frutales con los que Don Floripondio quería enseñar a sus alumnos cómo podrían representar el “árbol del otoño”.

¡Don Floripondio es un artista!, pensaban todos mientras pasaban delante de su mesa.

Al final de la mañana, Don Floripondio se despidió, como siempre, sujetando la puerta de la clase, mientras una sonrisa de cariño salía de su boca.

- Hasta la tarde, que os enseñaré mis dibujos del árbol del otoño.
- Hasta la tarde, contestaban todos, despidiendo a Don Floripondio.
Sólo Sandro se dio la vuelta.
En su cabeza le quedaba una pregunta.

- Pero ¿podremos traer hojas secas para ponerlas en el árbol? preguntó, mientras pensaba en la hilera de chopos que había cerca de su casa, junto al abrevadero.
- No, dijo Don Floripondio.
Trabajaremos en la clase de Artística y todos los adornos del árbol los dibujaremos y pintaremos nosotros.

Camino de casa se fueron alternando los comentarios
A Clara le gustaría que el árbol del otoño fuera un manzano, como los que tenía en la huerta a las afueras del pueblo
A Claudia le daba lo mismo, ella tenía higueras en el corral de su casa y Don Floripondio no iba a elegir la higuera como árbol del otoño,
Alejandro hubiera preferido una parra como la que tenía en la pared del patio de su casa, pero lo que dijera Don Floripondio estaría bien.
- ¡Eso!, dijo Marcos, mientras se despedían. Don Floripondio es un artista y seguro que el árbol que elija será el mejor.
- ¡Claro!, dijo Lucía a distancia. De todas maneras hoy por la tarde nos lo explicará y mañana comenzaremos el trabajo.

sábado, 17 de marzo de 2007

CAPÍTULO I: EL PUEBLO DE DON FLORIPONDIO

Había una vez, comenzó el nieto el cuento, un pueblo llamado “Los Ardales.
Estaba situado en medio de una montaña y muy próximo a la bonita Sierra de Cazorla.
Era un pueblo pequeño.

Sus casas, de piedra, estaban escalonadas en la ladera y, sus calles, adoquinadas algunas y de cemento otras, servían de paseo a las personas y de camino diario a yuntas de bueyes y rebaños de ovejas.

En medio del pueblo y a un lado de la plaza porticada, estaba el Ayuntamiento y la Escuela.
Como todas las casas, la escuela era también de piedra y de pizarra.
En los huecos del tejado, anidaban los gorriones y en sus aleros, de madera, las golondrinas retocaban, cada año, su nido de barro.
Tenía, de entrada, una puerta de madera y, en su interior, un pasillo estrecho y una clase luminosa con grandes ventanales.

Don Floripondio era el maestro del pueblo.
De edad, pasados los cincuenta. De fisonomía, más bien alta y delgada. Tenía pelo negro, nariz pequeña y gafas redondas
Desde joven había sido “el maestro” y, desde siempre, había sido considerado como bueno, alegre y simpático.
Para todos tenía una palabra y una sonrisa y siempre saludaba, aunque fuera a distancia, cuando las prisas le impedían acercarse

Sus cualidades artísticas eran muy conocidas por sus habitantes.

Adornaba los telones cuando se representaba alguna obra de teatro.
Hacía los carteles que anunciaban las fiestas de la localidad.
Decoraba las andas de los cofrades de San Isidro Labrador.
Retocaba, cada año, la imagen de San Roque, patrón del pueblo y sabía elegir los mejores colores si el señor alcalde deseaba pintar la fachada del Ayuntamiento.

Cuando describimos esta historia, era la época de finales de verano.

En Los Ardales se había trabajado, como todos los años, en la recolección de los cereales.
La mies se había ido acarreando hasta las eras y, en parvas circulares, se había trillado, aventado y recogido el grano.
Los habitantes de Los Ardales gozaban, satisfechos, de la cosecha recogida.

Aquella tarde, vísperas del comienzo del nuevo curso, los niños y las niñas jugaban en la plaza y hablaban de las novedades que les esperaban.
Atrás habían dejado el verano y con él unas vacaciones relajadas y tranquilas.
La mayor parte, las habían pasado en su mismo pueblo. Pero este año habían sido diferentes.
El Ayuntamiento había construido una bonita piscina.

Álvaro y Alex J, habían aprendido a nadar.
Adolfo y Laura I, lo habían perfeccionado y todos habían chapoteado presumiendo de su piscina “olímpica” y sus pistas “de alto atletismo”, como lo anunciaba orgulloso el Ayuntamiento.

Pocos habían salido fuera de su pueblo.

Lucía, había pasado una parte de sus vacaciones con sus abuelos y quince días en la playa con dos primos de su misma edad.

José, había estado unos días del mes de Julio en un pueblo de pescadores que tenía una playa con mucha arena.
- He montado en un barco, comentaba con sus amigos.
He cogido cangrejos con mi hermana y nos metíamos por las rocas para coger peces pequeños. Y un día vi a un hombre que sacaba un animal con unas patas muy largas

- Sería un pulpo, intervino Adrián H. que, a distancia, seguía la conversación.

Teresa y Alberto eran nuevos en el pueblo.
El trabajo de sus padres les había traído a Los Ardales y como todos, comenzarían el nuevo curso.

Adrián G. se acercó al grupo, participando en la conversación.

- Yo, este año, dijo mirando a Teresa y Alberto, no he ido a la playa, pero me lo he pasado muy bien aquí en el pueblo.
Hemos estrenado una piscina y todos los días me he bañado y he aprendido a tirarme de cabeza.

- Pues yo, intervino Jorge, en vacaciones, no salgo nunca fuera de mi pueblo, pero lo paso muy bien. Juego con mis amigos y monto en bicicleta.

- Yo tampoco salgo, dijo Alex B, pero este año, la piscina ha sido un buen entretenimiento. No he aprendido a nadar, pero mi madre me ha dicho que ya me falta poco.

La novedad había sido la piscina y las pistas.
El Ayuntamiento había trabajado durante todo el año en este proyecto y al final, lo habían logrado.
Faltaba un gran césped que pensaban poner alrededor, una piscina junto a la grande para niños más pequeños y un merendero.
El próximo verano lo tendrían ya todo completo.

La plaza del pueblo, siempre era el centro de reunión. Por eso, el grupo de niños y niñas se iba haciendo cada vez mayor y el diálogo iba aumentando

- Este año, en la escuela, nos tocará hacer el árbol del otoño, había comentado Miguel a su amigo David R.

- Y, ¿haremos también el árbol del invierno?, preguntó Sara, que llegaba en ese momento.

- Haremos el árbol de todas las estaciones, respondió David T.

- Ya sabéis, comentó Claudia, que a Don Floripondio, le gusta mucho adornar la clase.

La reunión siguió aumentando y la tertulia se fue transformando en diálogo de grupos separados hasta que Marcos les invitó a jugar al escondite.

Laura M. fue la primera en contar. Todos corrieron a esconderse en los portales más próximos.
Durante un rato se guardó silencio hasta que Clara fue descubierta.
De nuevo volvieron a contar mientras el reloj de la torre sonaba, indicando para ellos, la hora de terminar sus juegos y despedirse.

- Hasta mañana, dijeron Alex M, Sandro y Ana, bajando por una de las calles que daban a la plaza.

- Hasta mañana, contestaron Alejandro V., José y David, subiendo por otra de las calles.

- Mañana nos veremos en la escuela, dijo Alberto y Teresa, que se quedaban en uno de los portales de la Plaza.

PRESENTACIÓN

-Abuela, hoy no me cuentes el cuento que todos los días me cuentas.

- ¿Por qué no quieres que te cuente el cuento que siempre te cuento, si es la hora del cuento?.

- Porque hoy me han contado un cuento en la escuela y es como los que tú me cuentas.

-¿Qué cuento me vas a contar?

- Es la historia de un maestro que es artista y mago al mismo tiempo.
En el cuento aparece un árbol que es su amigo verdadero.
Y, no te cuento más, abuela, porque si no lo voy a contar entero.

- Y, ¿también comienza por eso?

- Es un cuento como los tuyos que yo comenzaré
por eso y, cuando llegue el final y el cuento se haya terminado, diré, también, como tú, el colorín colorado.

- No me pongas nerviosa y cuéntame, lo antes posible, tu cuento.
Me gustará escuchar un cuento, que, como los míos, también comience
por eso.