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EL ÁRBOL MÁGICO DE DON FLORIPONDIO

sábado, 17 de marzo de 2007

CAPÍTULO I: EL PUEBLO DE DON FLORIPONDIO

Había una vez, comenzó el nieto el cuento, un pueblo llamado “Los Ardales.
Estaba situado en medio de una montaña y muy próximo a la bonita Sierra de Cazorla.
Era un pueblo pequeño.

Sus casas, de piedra, estaban escalonadas en la ladera y, sus calles, adoquinadas algunas y de cemento otras, servían de paseo a las personas y de camino diario a yuntas de bueyes y rebaños de ovejas.

En medio del pueblo y a un lado de la plaza porticada, estaba el Ayuntamiento y la Escuela.
Como todas las casas, la escuela era también de piedra y de pizarra.
En los huecos del tejado, anidaban los gorriones y en sus aleros, de madera, las golondrinas retocaban, cada año, su nido de barro.
Tenía, de entrada, una puerta de madera y, en su interior, un pasillo estrecho y una clase luminosa con grandes ventanales.

Don Floripondio era el maestro del pueblo.
De edad, pasados los cincuenta. De fisonomía, más bien alta y delgada. Tenía pelo negro, nariz pequeña y gafas redondas
Desde joven había sido “el maestro” y, desde siempre, había sido considerado como bueno, alegre y simpático.
Para todos tenía una palabra y una sonrisa y siempre saludaba, aunque fuera a distancia, cuando las prisas le impedían acercarse

Sus cualidades artísticas eran muy conocidas por sus habitantes.

Adornaba los telones cuando se representaba alguna obra de teatro.
Hacía los carteles que anunciaban las fiestas de la localidad.
Decoraba las andas de los cofrades de San Isidro Labrador.
Retocaba, cada año, la imagen de San Roque, patrón del pueblo y sabía elegir los mejores colores si el señor alcalde deseaba pintar la fachada del Ayuntamiento.

Cuando describimos esta historia, era la época de finales de verano.

En Los Ardales se había trabajado, como todos los años, en la recolección de los cereales.
La mies se había ido acarreando hasta las eras y, en parvas circulares, se había trillado, aventado y recogido el grano.
Los habitantes de Los Ardales gozaban, satisfechos, de la cosecha recogida.

Aquella tarde, vísperas del comienzo del nuevo curso, los niños y las niñas jugaban en la plaza y hablaban de las novedades que les esperaban.
Atrás habían dejado el verano y con él unas vacaciones relajadas y tranquilas.
La mayor parte, las habían pasado en su mismo pueblo. Pero este año habían sido diferentes.
El Ayuntamiento había construido una bonita piscina.

Álvaro y Alex J, habían aprendido a nadar.
Adolfo y Laura I, lo habían perfeccionado y todos habían chapoteado presumiendo de su piscina “olímpica” y sus pistas “de alto atletismo”, como lo anunciaba orgulloso el Ayuntamiento.

Pocos habían salido fuera de su pueblo.

Lucía, había pasado una parte de sus vacaciones con sus abuelos y quince días en la playa con dos primos de su misma edad.

José, había estado unos días del mes de Julio en un pueblo de pescadores que tenía una playa con mucha arena.
- He montado en un barco, comentaba con sus amigos.
He cogido cangrejos con mi hermana y nos metíamos por las rocas para coger peces pequeños. Y un día vi a un hombre que sacaba un animal con unas patas muy largas

- Sería un pulpo, intervino Adrián H. que, a distancia, seguía la conversación.

Teresa y Alberto eran nuevos en el pueblo.
El trabajo de sus padres les había traído a Los Ardales y como todos, comenzarían el nuevo curso.

Adrián G. se acercó al grupo, participando en la conversación.

- Yo, este año, dijo mirando a Teresa y Alberto, no he ido a la playa, pero me lo he pasado muy bien aquí en el pueblo.
Hemos estrenado una piscina y todos los días me he bañado y he aprendido a tirarme de cabeza.

- Pues yo, intervino Jorge, en vacaciones, no salgo nunca fuera de mi pueblo, pero lo paso muy bien. Juego con mis amigos y monto en bicicleta.

- Yo tampoco salgo, dijo Alex B, pero este año, la piscina ha sido un buen entretenimiento. No he aprendido a nadar, pero mi madre me ha dicho que ya me falta poco.

La novedad había sido la piscina y las pistas.
El Ayuntamiento había trabajado durante todo el año en este proyecto y al final, lo habían logrado.
Faltaba un gran césped que pensaban poner alrededor, una piscina junto a la grande para niños más pequeños y un merendero.
El próximo verano lo tendrían ya todo completo.

La plaza del pueblo, siempre era el centro de reunión. Por eso, el grupo de niños y niñas se iba haciendo cada vez mayor y el diálogo iba aumentando

- Este año, en la escuela, nos tocará hacer el árbol del otoño, había comentado Miguel a su amigo David R.

- Y, ¿haremos también el árbol del invierno?, preguntó Sara, que llegaba en ese momento.

- Haremos el árbol de todas las estaciones, respondió David T.

- Ya sabéis, comentó Claudia, que a Don Floripondio, le gusta mucho adornar la clase.

La reunión siguió aumentando y la tertulia se fue transformando en diálogo de grupos separados hasta que Marcos les invitó a jugar al escondite.

Laura M. fue la primera en contar. Todos corrieron a esconderse en los portales más próximos.
Durante un rato se guardó silencio hasta que Clara fue descubierta.
De nuevo volvieron a contar mientras el reloj de la torre sonaba, indicando para ellos, la hora de terminar sus juegos y despedirse.

- Hasta mañana, dijeron Alex M, Sandro y Ana, bajando por una de las calles que daban a la plaza.

- Hasta mañana, contestaron Alejandro V., José y David, subiendo por otra de las calles.

- Mañana nos veremos en la escuela, dijo Alberto y Teresa, que se quedaban en uno de los portales de la Plaza.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Jose Luis me gusta mucho pero salgo una vez en todos estos capítulos solo salgo en este

Anónimo dijo...

jose luis digo yo que el
libro de Sergio quiere ir
al colegio y este me gustan
mucho

Anónimo dijo...

me ha gustado la plaza cuando juegan al escondite

Anónimo dijo...

!Olé! !Olé! !Olé!