La primera semana del mes de diciembre, Don Floripondio explicó a sus alumnos el trabajo que iban a hacer.
Las fiestas de Navidad, les dijo, están próximas.
A todos nos gusta dejar la clase bonita y adornar las paredes con motivos navideños.
Como siempre, Don Floripondio puso la idea, dio la orientación y, a distancia iba supervisando los trabajos.
Al final de la tarde, como siempre, Don Floripondio despidió a sus alumnos y corrió al lado de su amigo.
- Ya ves lo que estamos haciendo
- Sí, dijo el árbol, interesándose por los trabajos.
- Mira, dijo Don Floripondio, señalando unas siluetas negras. Son las figuras del belén: los pastorcitos, unas ovejas y los reyes magos.
- Eres el artista de siempre. Cualquier cosa que tocas le das vida.
- Puede ser, dijo D. Floripondio un poco pensativo. Pero sí que me gustaría hablar con San José o con la Virgen o con el Niño
- Pero ¿has buscado ya el lugar donde colocarás estas figuras?, le preguntó el árbol, queriendo cambiar un poco de conversación.
- Pues no lo sé.
- Por mi parte estarían muy bien debajo de tus ramas, justo al lado derecho de tu tronco. Os haríais compañía y quién sabe si por la noche podrías hablar con ellos.
- Bueno, bueno, amigo Flori.
- Y eso otro que tienes en la mesa, dijo el árbol, volviendo a cambiar la conversación.
- Son dibujos de los niños.
Todos juntos formarán un mural que colocaremos en el pasillo.
Quedará muy bonito.
Ahora, como ves, estamos de preparativos, pero dos semanas antes de las vacaciones, ¡tendrías que verlo!
Adornos y murales por el pasillo, paredes decoradas con motivos navideños, la clase con serpentinas y, se me olvidaba decirte, haremos un belén precioso en la entrada.
- Pero, ¿podría yo verlo?, pregunto el árbol.
Don Floripondio no contestó. La pregunta de su amigo le había dejado cortado.
¡Ojalá pudiera verlo!, pensó, pero yo no soy un mago.
Durante unos minutos los dos permanecieron en silencio.
Don Floripondio miró el reloj y se dio cuenta que era muy tarde.
- Querido amigo, le dijo, me tengo que marchar.
Mañana nos veremos y volveremos hablar del Belén.
¡Ojalá! pueda ensañarte el belén, le dijo, caminando hasta la puerta.
- Hasta mañana amigo Flori, le despidió el árbol.
Despacio cerró la puerta y lentamente caminó por el pasillo.
Por el camino siguió pensando en su amigo.
Como siempre se imaginaba lo solo que se quedaba al cerrar la puerta.
Pero hoy, llevaba a casa otra preocupación.
¡Ojalá, pueda enseñarte el belén, le había dicho al despedirle.
Esa noche, Don Floripondio se acostó tranquilo y se durmió muy pronto.
En sueños vio a su amigo, el árbol, que bajaba de la pared y él le echaba una mano.
Vio también cómo los dos juntos caminaban hacia el Belén.
Don Floripondio, le iba explicando cada una de las figuras.
El árbol sonreía.
Cuando se aproximaron al portal, el árbol quiso tocar al Niño, pero no pudo.
Don Floripondio cogió el niño en la cuna y se lo acercó.
El árbol se sonrió y le dio las gracias lleno de satisfacción.
Había pasado mucho tiempo y era la hora de volver de nuevo a la clase.
Don Floripondio quiso decírselo a su amigo, pero, en ese momento, se despertó.
Se restregó los ojos y miró a su alrededor.
Ha sido un sueño, pensó. Pero, ¡qué felices hemos sido los dos!.
Por la mañana, después del sueño tan bonito, las clases fueron normales.
Como todos los días tuvieron Lenguaje.
“Hoy, comenzó el dictado, hemos puesto las figuras del belén, junto al árbol del otoño, como si se lo estuviera contando a su amigo.
En una de sus ramas hemos colocado una estrella grande con las figuras de los tres Reyes Mayos
En cada manzana hemos puesto una estrella pequeña y en sus hojas amarillas un angelito mensajero.
Su tronco, rodeado de espumillón verde y, entre sus ramas, espumillón blanco”.
Don Floripondio, paseando por la clase, iba silabeando, al dictado, cada una de las frases que los niños copiaban.
Su mirada, fija en el árbol, expresaba su alegría y, de su boca rebosaba, de vez en cuando, una prolongada sonrisa.
Los niños se miraban unos a otros.
Nunca habían hecho un dictado tan grande.
Habían dado, ya, la vuelta a la hoja.
A Laura sólo le quedaban dos líneas cuando Jose, levantó la mano para decir a Don Floripondio que se le había acabado el papel.
Don Floripondio le miró como despertando de un sueño.
- Punto final, dijo, mirando a la clase que, extrañada, dejaba el lapicero encima de la mesa esperando una nueva actividad.
Este dictado será el último del trimestre.
Ahora, en una hoja, aparte, haréis un dibujo que resuma todo lo que hemos dicho.
Después lo colorearéis y lo pincharemos en el corcho.
La clase quedó sorprendida.
Era la primera vez que hacían una actividad como ésta en un dictado.
Alex cuchicheó, en voz baja, con su compañero, mientras éste contestaba encogiéndose de hombros.
Claudia se sonrió con su amiga Clara y, a Miguel, sin darse cuenta, le salió un, “¡qué raro!”
La exclamación llamó la atención a toda la clase.
Don Floripondio, miró hacia donde había salido la voz y preguntó ingenuamente, qué pasaba.
Miguel, dándose cuenta de su imprudencia, le dijo que nada.
Sólo quería saber si coloreaban todo el árbol.
Don Floripondio no contestó. Solamente mandó silencio, al ver que la pregunta de Miguel había causado sonrisas entre todos sus alumnos.
Durante todo el día, Don Floripondio le pasó sin darse cuenta que estaba en la clase y, que a su lado había 24 alumnos que observaban sus movimientos.
Le notaban raro y, a veces, pensaban que no había dormido bien esa noche.
Se le abría mucho la boca.
No hacía más que mirar y volver a mirar al árbol del otoño y, de vez en cuando, en el gesto de su cara, se veía una pequeña sonrisa.
Y es que Don Floripondio sólo pensaba en la tarde y en el sueño que había tenido por la noche.
Cuando se lo cuente a mi amigo el árbol, le daré una gran alegría, pensaba, mientras colocaba los dictados en el corcho.
Por la tarde, despidió a su alumnos y volvió corriendo a la clase.
En la pared le esperaba su amigo con una sonrisa.
- Buenas tardes, Flori, le dijo.
¡Qué ganas tenía que llegara esta hora!
- ¿Qué pasa?, le preguntó Don Floripondio.
- Nada, que eres extraordinario, amigo Flori.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque anoche tuve un sueño maravilloso
- ¿Qué sueño maravilloso tuviste?
- En sueños, amigo Flori, pude ver tu belén.
Tú me ayudabas a bajar de la pared y los dos juntos le estuvimos viendo. ¡Era maravilloso!
Don Floripondio quedó sorprendido y en silencio.
Veía la cara de su amigo, tan llena de satisfacción y alegría, que no se atrevió a decir nada.
Su amigo había tenido el mismo sueño.
Hablaba del río, de la noria, de las montañas y del portal y había podido ver el belén.
- Y ¿te ha gustado mucho?, preguntó después de un largo silencio.
- Me ha gustado muchísimo.
Sobre todo, cuando tú me acercaste el Niño en su cuna para que lo pudiera ver bien.
¡Gracias!, amigo Flori.
- Eres mi amigo, dijo Don Floripondio, emocionado por lo que le había dicho.
Esa tarde la despedida fue un poco más larga.
- Hoy comenzamos las vacaciones, dijo Don Floripondio.
Cuando volvamos tendremos que ponerte un nuevo vestido. Ya sabes que mañana comenzamos una nueva estación.
- No te preocupes amigo Flori.
Cuando volváis yo estaré preparado.
Espero que pases bien estos días de vacaciones y que te echen muchas cosas los Reyes Magos.
- Hasta el día siete, se despidió Don Floripondio.
- Hasta que vuelvas, amigo Flori, le dijo el árbol, con cierto aire de humor, mientras sacudía las últimas hojas del otoño.
Don Floripondio se fue despidiendo por el pasillo.
Salía de clase un poco nervioso pero muy satisfecho porque dejaba a su amigo alegre y contento.
Las fiestas de Navidad, les dijo, están próximas.
A todos nos gusta dejar la clase bonita y adornar las paredes con motivos navideños.
Como siempre, Don Floripondio puso la idea, dio la orientación y, a distancia iba supervisando los trabajos.
Al final de la tarde, como siempre, Don Floripondio despidió a sus alumnos y corrió al lado de su amigo.
- Ya ves lo que estamos haciendo
- Sí, dijo el árbol, interesándose por los trabajos.
- Mira, dijo Don Floripondio, señalando unas siluetas negras. Son las figuras del belén: los pastorcitos, unas ovejas y los reyes magos.
- Eres el artista de siempre. Cualquier cosa que tocas le das vida.
- Puede ser, dijo D. Floripondio un poco pensativo. Pero sí que me gustaría hablar con San José o con la Virgen o con el Niño
- Pero ¿has buscado ya el lugar donde colocarás estas figuras?, le preguntó el árbol, queriendo cambiar un poco de conversación.
- Pues no lo sé.
- Por mi parte estarían muy bien debajo de tus ramas, justo al lado derecho de tu tronco. Os haríais compañía y quién sabe si por la noche podrías hablar con ellos.
- Bueno, bueno, amigo Flori.
- Y eso otro que tienes en la mesa, dijo el árbol, volviendo a cambiar la conversación.
- Son dibujos de los niños.
Todos juntos formarán un mural que colocaremos en el pasillo.
Quedará muy bonito.
Ahora, como ves, estamos de preparativos, pero dos semanas antes de las vacaciones, ¡tendrías que verlo!
Adornos y murales por el pasillo, paredes decoradas con motivos navideños, la clase con serpentinas y, se me olvidaba decirte, haremos un belén precioso en la entrada.
- Pero, ¿podría yo verlo?, pregunto el árbol.
Don Floripondio no contestó. La pregunta de su amigo le había dejado cortado.
¡Ojalá pudiera verlo!, pensó, pero yo no soy un mago.
Durante unos minutos los dos permanecieron en silencio.
Don Floripondio miró el reloj y se dio cuenta que era muy tarde.
- Querido amigo, le dijo, me tengo que marchar.
Mañana nos veremos y volveremos hablar del Belén.
¡Ojalá! pueda ensañarte el belén, le dijo, caminando hasta la puerta.
- Hasta mañana amigo Flori, le despidió el árbol.
Despacio cerró la puerta y lentamente caminó por el pasillo.
Por el camino siguió pensando en su amigo.
Como siempre se imaginaba lo solo que se quedaba al cerrar la puerta.
Pero hoy, llevaba a casa otra preocupación.
¡Ojalá, pueda enseñarte el belén, le había dicho al despedirle.
Esa noche, Don Floripondio se acostó tranquilo y se durmió muy pronto.
En sueños vio a su amigo, el árbol, que bajaba de la pared y él le echaba una mano.
Vio también cómo los dos juntos caminaban hacia el Belén.
Don Floripondio, le iba explicando cada una de las figuras.
El árbol sonreía.
Cuando se aproximaron al portal, el árbol quiso tocar al Niño, pero no pudo.
Don Floripondio cogió el niño en la cuna y se lo acercó.
El árbol se sonrió y le dio las gracias lleno de satisfacción.
Había pasado mucho tiempo y era la hora de volver de nuevo a la clase.
Don Floripondio quiso decírselo a su amigo, pero, en ese momento, se despertó.
Se restregó los ojos y miró a su alrededor.
Ha sido un sueño, pensó. Pero, ¡qué felices hemos sido los dos!.
Por la mañana, después del sueño tan bonito, las clases fueron normales.
Como todos los días tuvieron Lenguaje.
“Hoy, comenzó el dictado, hemos puesto las figuras del belén, junto al árbol del otoño, como si se lo estuviera contando a su amigo.
En una de sus ramas hemos colocado una estrella grande con las figuras de los tres Reyes Mayos
En cada manzana hemos puesto una estrella pequeña y en sus hojas amarillas un angelito mensajero.
Su tronco, rodeado de espumillón verde y, entre sus ramas, espumillón blanco”.
Don Floripondio, paseando por la clase, iba silabeando, al dictado, cada una de las frases que los niños copiaban.
Su mirada, fija en el árbol, expresaba su alegría y, de su boca rebosaba, de vez en cuando, una prolongada sonrisa.
Los niños se miraban unos a otros.
Nunca habían hecho un dictado tan grande.
Habían dado, ya, la vuelta a la hoja.
A Laura sólo le quedaban dos líneas cuando Jose, levantó la mano para decir a Don Floripondio que se le había acabado el papel.
Don Floripondio le miró como despertando de un sueño.
- Punto final, dijo, mirando a la clase que, extrañada, dejaba el lapicero encima de la mesa esperando una nueva actividad.
Este dictado será el último del trimestre.
Ahora, en una hoja, aparte, haréis un dibujo que resuma todo lo que hemos dicho.
Después lo colorearéis y lo pincharemos en el corcho.
La clase quedó sorprendida.
Era la primera vez que hacían una actividad como ésta en un dictado.
Alex cuchicheó, en voz baja, con su compañero, mientras éste contestaba encogiéndose de hombros.
Claudia se sonrió con su amiga Clara y, a Miguel, sin darse cuenta, le salió un, “¡qué raro!”
La exclamación llamó la atención a toda la clase.
Don Floripondio, miró hacia donde había salido la voz y preguntó ingenuamente, qué pasaba.
Miguel, dándose cuenta de su imprudencia, le dijo que nada.
Sólo quería saber si coloreaban todo el árbol.
Don Floripondio no contestó. Solamente mandó silencio, al ver que la pregunta de Miguel había causado sonrisas entre todos sus alumnos.
Durante todo el día, Don Floripondio le pasó sin darse cuenta que estaba en la clase y, que a su lado había 24 alumnos que observaban sus movimientos.
Le notaban raro y, a veces, pensaban que no había dormido bien esa noche.
Se le abría mucho la boca.
No hacía más que mirar y volver a mirar al árbol del otoño y, de vez en cuando, en el gesto de su cara, se veía una pequeña sonrisa.
Y es que Don Floripondio sólo pensaba en la tarde y en el sueño que había tenido por la noche.
Cuando se lo cuente a mi amigo el árbol, le daré una gran alegría, pensaba, mientras colocaba los dictados en el corcho.
Por la tarde, despidió a su alumnos y volvió corriendo a la clase.
En la pared le esperaba su amigo con una sonrisa.
- Buenas tardes, Flori, le dijo.
¡Qué ganas tenía que llegara esta hora!
- ¿Qué pasa?, le preguntó Don Floripondio.
- Nada, que eres extraordinario, amigo Flori.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque anoche tuve un sueño maravilloso

- ¿Qué sueño maravilloso tuviste?
- En sueños, amigo Flori, pude ver tu belén.
Tú me ayudabas a bajar de la pared y los dos juntos le estuvimos viendo. ¡Era maravilloso!
Don Floripondio quedó sorprendido y en silencio.
Veía la cara de su amigo, tan llena de satisfacción y alegría, que no se atrevió a decir nada.
Su amigo había tenido el mismo sueño.
Hablaba del río, de la noria, de las montañas y del portal y había podido ver el belén.
- Y ¿te ha gustado mucho?, preguntó después de un largo silencio.
- Me ha gustado muchísimo.
Sobre todo, cuando tú me acercaste el Niño en su cuna para que lo pudiera ver bien.
¡Gracias!, amigo Flori.
- Eres mi amigo, dijo Don Floripondio, emocionado por lo que le había dicho.
Esa tarde la despedida fue un poco más larga.
- Hoy comenzamos las vacaciones, dijo Don Floripondio.
Cuando volvamos tendremos que ponerte un nuevo vestido. Ya sabes que mañana comenzamos una nueva estación.
- No te preocupes amigo Flori.
Cuando volváis yo estaré preparado.
Espero que pases bien estos días de vacaciones y que te echen muchas cosas los Reyes Magos.
- Hasta el día siete, se despidió Don Floripondio.
- Hasta que vuelvas, amigo Flori, le dijo el árbol, con cierto aire de humor, mientras sacudía las últimas hojas del otoño.
Don Floripondio se fue despidiendo por el pasillo.
Salía de clase un poco nervioso pero muy satisfecho porque dejaba a su amigo alegre y contento.
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