¡Qué bien me ha descrito su nombre!, pensaba.
Don Floripondio estaba orgulloso y muy satisfecho de los buenos ratos que pasaba a su lado.
En voz baja comenzó a repasar los versos que le había recitado su amigo en clase.
Cuando llegó al final no pudo por menos de dar un salto de alegría.
Cada tarde, después de hablar con él, pensaba en el día siguiente.
Y así, todos los días.
Siempre tenían muchas cosas que contarse.
Esa noche Don Floripondio se entretuvo mirando los libros de su biblioteca.
Muy pronto celebrarían el “día del árbol” y quería leer a sus alumnos un cuento.
Eran ya las altas horas de la noche y no encontraba lo que buscaba. Sabía que un día lo había leído, pero ya llevaba un montón de libros abiertos encima de la mesa y no daba con ello.
En un principio pensó en “El Bosque Encantado”, pero no.
También creyó encontrarlo en “El Castillo de los dos Ojos”, pero tampoco estaba.
Al final, después de hojear y hojear muchos libros lo consiguió.
Estaba en el capítulo doce del libro “Los Cuentos para la Noche”.
Era una historia llena de fantasía.
Durante un rato muy largo repasó las siete páginas que tenía el cuento titulado “Los árboles solidarios”.
- ¡Este es el cuento!, comentó en voz alta. ¡Cómo les va a gustar!
Mañana se lo contaré y hablaremos también de la fiesta del árbol.
Don Floripondio se acostó muy contento.
Había encontrado lo que buscaba y esto le causaba gran satisfacción.
Por unos momentos se acordó de su amigo el árbol.
! Tan bonito y elegante!
¡Tan alto y tan fuerte!
¡Tan lleno de colorido!
pero... ¡tan solo en clase!
Mi amigo, pensó Don Floripondio, no podrá escuchar la historia de los árboles solidarios, cuando se lo cuente a mis alumnos pero, por la tarde, se lo contaré a él solo.
Con estos pensamientos fue quedándose dormido hasta que entró en un sueño profundo.
Por la mañana, tuvo que salir de casa casi corriendo.
Quedaban solamente cinco minutos y los niños seguro que estaban esperando.
Cuando Don Floripondio llegó, muchos de sus alumnos le esperaban a la entrada.
Les saludó con una sonrisa, mientras abría la puerta de la escuela.
En cinco minutos fueron entrando todos.

Entre todos fueron recordando distintos nombre de árboles.
Casi todos habían visto plantar algún árbol y alguno había ayudado a plantar frutales en la huerta de sus abuelos.
Al final de la tarde les contó el cuento, que todos esperaban con ganas.
Plantas aromáticas, claveles, margaritas y pensamientos decoraban el suelo.Rosaledas y arbustos formaban arcos y setos de figuras y en lo alto, grandes copas de álamos, chopos, acacias y olmos adornaban el parque.
Los pájaros anidaban en sus ramas. La hormigas trepaban por su tronco y entre su corteza se ocultaban las musarañas.
En el lago redondo nadaban los patos. En el aire, las mariposas
revoloteaban y los niños jugaban entre columpios y toboganes.
Las estaciones pasaban cada año por el parque, dejando, a su paso, lo bonito de cada una.
Inviernos blancos, silenciosos y fríos.
Veranos calurosos y sombreados.
Primaveras llenas de verdor y colorido y otoños cubiertos de hojas multicolores.
De aquí para allá trabajaban los jardineros, manteniendo el parque cuidado y limpio.
Con sus mangueras daban frescura y verdor al césped.
Con sus rastrillos limpiaban la hierba y con la sierra podaban las ramas.
El parque era la alegría de la ciudad de Fuentesaúco.
Había llegado el otoño y sus verdes hojas de primavera y verano comenzaban a cambiar de color. Poco a poco iban cayendo y, amontonadas, cubrían el suelo.
Un día, el olmo más antiguo del parque, que había observado el trabajo que los jardineros tenían que hacer en la época del otoño, lo comentó con otros árboles del parque:
- Es que nosotros, dijeron los chopos, somos ¡tan altos! y ¡tenemos las hojas ¡tan grandes!
- Tienes razón, dijo el olmo, pero esto no es culpa de uno sólo.
- Nuestras hojas, como las de la acacia, son más pequeñas pero más difíciles de recoger.
- Y las nuestras, dijo el sauce. ¡Tan largas y delgaduchas!
- ¡Está bien!, insistió el olmo. Todos intervenimos en la caída de las hojas y todos debemos colaborar y echar una mano a nuestros amigos, los jardineros.
- Tienes toda la razón, dijo la acacia, pero ¿cómo podemos colaborar?
- Primero debemos pensarlo y entre todos veremos cómo podremos ayudar.
Esa noche recibieron todos un aviso del olmo veterano.
“En medio del silencio de la noche y lejos de la vista de los humanos, cada uno sacudirá sus hojas en el mismo lugar”, decía la nota.
Durante unos días comentaron el mensaje recibido mientras, en grupo y en solitario, comenzaron a sacudir sus hojas.
Por las mañanas, cuando los jardineros llegaban al parque, quedaban admirados al contemplar el trabajo ya hecho.
Un gran montón de hojas se almacenaba en un lateral del parque.
- Es el viento, comentó el jardinero mayor.
¡Cuántas veces hemos recogido las hojas amontonadas por los aires fuertes de esta estación!
- Muchas veces, dijo otro de los jardineros, pero nunca en un solo montón como ahora. El viento nunca nos ha hecho esto.
El silencio de los jardineros, reunidos aquella mañana, se hacía cada vez más largo.
Por unos momentos habían querido dar la razón al jardinero mayor, pero el razonamiento del otro compañero les había hecho guardar silencio.
- Yo he leído en un libro, dijo el jardinero más joven, que el Mago de los Bosques hacía cosas parecidas.
Recuerdo que, una vez, reunió a todos los árboles para que el incendio no les quemara y que les hacía crecer para que hubiera madera en los bosques.
¿Por qué no puede ser el Mago de los Bosque?
- ¡Bueno! ¡Bueno! Dejémonos de bromas y fantasías, insistió el jardinero mayor.
Hay que vigilar el parque.
Desde mañana observaremos y estaremos atentos a lo que pasa.
Esa noche los árboles siguieron su turno.
Uno a uno fue saliendo, como siempre, para sacudir sus hojas. Pero un olmo, de los más antiguos del parque, se quedó dormido.
Cuando estaba amaneciendo y se dio cuenta que era ya tarde, salió corriendo para sacudir sus hojas.
A lo lejos fue observado por un jardinero madrugador.
Oculto entre los arbustos y lleno de admiración por lo que veía, pudo darse cuenta cómo volvía de sacudir sus hojas y se colocaba silencioso en su sitio.
Cuando sus compañeros fueron llegando, les contó lo que había visto.
Pronto la noticia corrió por el parque y los jardineros se juntaron para oírlo
- ...Y vi, contó el jardinero, cómo el olmo, se sacudía las hojas y corriendo volvía a su sitio.
Me acerqué a su lado y, al verse descubierto, me lo contó todo.
- Lo hacemos por vosotros, me dijo. ¡Tenéis tanto trabajo!
Llenos de alegría, los jardineros dieron las gracias a sus amigos.
Invitaron a todo el parque y, juntos, celebraron una fiesta que hoy recordamos como “Día del Árbol”.
Y colorín colorado este cuento se ha terminado
7 comentarios:
Por supuesto que no hay mejor árbol que el de don Floripondio y....más en el DIA del LIBRO.
¡Felicidades!
Laly
Enhorabuena "don Floripondio" excelente contenido para una buena pedagogía medioambiental, excelente también la idea para seguir escribiendo en el futuro, te auguro un éxito seguro: de veras
Esther
hola señor tu libro y uno que
me estoy leyendo que se llama
sergio qiere ir al colegio.
hola de nuebo se me ha olvidado
decirte que son los mejores libros
ningun libro mas que sergio quiere ir al colegio es mejor quel tuyo
por aora
Este capitulo me gusta mucho los dibujos tambien pero megusta muchísimo mas leerlo.
!olé! !olé! !olé!
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